Desde la revista Estar, tenemos la costumbre de que cuando muere un cruzado, le dedicamos una separata para recordarlo y, de alguna manera, tenerlo siempre presente. Hace un año nos dejó el padre Emiliano Manso Aláez; por ese motivo hemos preparado esta separata con los testimonios de personas de su entorno cercano que lo conocieron y trataron.
Yo hago aquí una pequeña reseña de presentación y en otro artículo (Allá por 1967…), hablo de mi experiencia personal directa con él.
El P. Manso fue, ante todo, un sacerdote en el sentido más pleno y luminoso de la palabra. Su vida no se entiende sin su vocación: la abrazó con una entrega total, sin reservas, convirtiendo cada jornada en una oportunidad para acercar a Dios a quienes encontraba en su camino. Como sacerdote de los Cruzados de Santa María, dejó una huella profunda e imborrable, especialmente en los jóvenes y en las familias, a quienes dedicó lo mejor de sí mismo.
Durante décadas, su labor formativa fue constante, paciente y fecunda acompañando, escuchando y orientando. Su despacho, siempre abierto, se convirtió en lugar de referencia para quienes buscaban luz, consuelo o simplemente alguien que supiera escuchar. La dirección espiritual fue uno de los pilares de su ministerio, y en ella invertía horas sin mirar el reloj, convencido de que cada persona merece tiempo, atención y respeto.
El padre Emiliano Manso era también un apasionado de la vida, de la naturaleza y de la convivencia. Lo pudimos comprobar en los campamentos de Gredos que no eran para él meras actividades de ocio: eran auténticas escuelas de vida y fe, donde muchos jóvenes descubrieron valores que marcarían su futuro. En medio del campo, entre caminatas, juegos y oración, su cercanía se hacía aún más palpable.
La música fue otra de sus grandes pasiones. Dotado de una buena voz, sabía que el canto también es camino hacia Dios. No era extraño verlo animar celebraciones o encuentros con su voz cálida, capaz de unir corazones y elevar el espíritu. Para él, la belleza —en la naturaleza, en la música, en la amistad— era siempre reflejo del Creador.
Su iniciativa y amor a la Iglesia lo llevaron también a fundar la sociedad sacerdotal de Santa María de los Apóstoles, convencido de la importancia de la fraternidad sacerdotal y del apoyo mutuo en la misión. Este proyecto, como tantos otros, brotó de un corazón profundamente eclesial y mariano.
Querido y respetado por todos —laicos, sacerdotes y obispos— el P. Manso dejó tras de sí una estela de bien que sigue viva en tantas personas que encontraron en él un guía, un padre y un amigo. Su vida fue, sencillamente, un testimonio coherente de lo que significa ser sacerdote: entrega, amor y fidelidad hasta el final.








