A sesenta años de la Declaración conciliar Gravissimum educationis, la Iglesia vuelve a reconocer en la educación una dimensión esencial de su misión evangelizadora. Educar no es una tarea secundaria, sino el lugar concreto donde el Evangelio se hace relación, cultura y acompañamiento humano. En un tiempo marcado por cambios acelerados e incertidumbres, la palabra de Cristo sigue ofreciendo solidez y novedad, impulsando a las comunidades educativas a construir puentes, abrir caminos y generar sentido.
El contexto educativo actual es complejo, fragmentado y profundamente digitalizado. Precisamente por ello, resulta urgente recuperar la riqueza de la paideia cristiana: una visión integral que, a lo largo de la historia, ha sabido unir fe y razón, pensamiento y vida, conocimiento y justicia. De esta matriz han nacido auténticas “constelaciones educativas”, experiencias capaces de leer los signos de los tiempos y de ofrecer orientación, como un faro en la noche o una vela desplegada en medio de la travesía.
Lejos de perder vigencia, Gravissimum educationis ha generado un fecundo patrimonio de obras, carismas e instituciones que siguen iluminando el siglo XXI. Escuelas, universidades, congregaciones y redes educativas forman un firmamento vivo que responde a desafíos cada vez más complejos: la exclusión educativa, las emergencias provocadas por guerras y migraciones, y las múltiples formas de pobreza. En este horizonte, la educación se revela —ayer y hoy— como una de las expresiones más altas de la caridad cristiana y como una fuente indispensable de esperanza para el mundo.







