Gredos, el ara gigante de Castilla, significó para Abelardo mucho más que un macizo montañoso. Cada verano, en el mes de julio, un grupo de jóvenes acampados junto al Tormes, se beneficiaban de las lecciones de vida que la montaña les ofrecía a través de los ojos, el espíritu y las reflexiones de Abelardo. Siempre en segundo plano, ejercía no sólo de guía de montaña experimentado, sino de vida, que acertaba a conducir por los senderos que conquistaban las cumbres orográficas y existenciales.

